González Quezada, Raúl Francisco - Boletín de Antropología Americana
La discusión sobre la realidad o la irrealidad del pensamiento, aislada de la práctica, es puramente escolástica.
Tesis sobre Feuerbach, Karl Marx
Como es tradición en la Arqueología, por regla general las discusiones genésicas de corte ontológico, epistemológico e incluso metodológico incluyendo variadas técnicas, arriban a su discusión después de haberse hecho lo propio en otras ciencias; esto es debido, pensamos, por el distanciamiento que tiene esta práctica científica con respecto a la potenciación de la generación del capital. Toda ciencia y técnica cuyo nexo esencial se encuentre vinculado a la reproducción del capital tendrá transformaciones más dinámicas que aquellas que no lo tengan. Por lo que cotidianamente es la Arqueología la que realiza transferencias pragmáticas de productos del pensamiento de otros campos de la ciencia: heurísticas, conceptos, estrategias de investigación, innovación en el uso de tecnología, etc., son incorporados en ocasiones incluso, con evidentes carencias de congruencia metodológica con el quehacer arqueológico.
La situación problemática constituida como efecto de lo planteado, radica en la ausencia crónica de proyectos de autognosis, introspectivos, pausas para la reflexión sobre el qué es y para qué es la Arqueología.
Es necesario cavilar en comunidad de comunicación académica lo que se realiza, porqué se hace y para qué se requiere, pues tales discusiones llegan a efectuarse con décadas de atraso o simplemente continúan postergadas.
Más allá del ejercicio autocontemplativo que raye en el solipsismo, debemos pugnar por la práctica abierta de una postura crítica de nuestro quehacer, una posición que descubra, que revele, en síntesis una posición dialéctica sobre el sistema de pensamiento vigente.
El interés se orienta en torno a la ética, el concreto pensado de las conductas cotidianas que define el acto bueno del malo, la guía de la moral, la reflexión sobre el ser y la definición del deber ser, el arribo de la construcción del contenido ético de toda ciencia social que se traduce en orden deontológico, que obliga a la acción éticamente dirigida.
Como objetivo fundamental definiremos el contenido ético de la práctica arqueológica, al construir como necesaria una posición valorativa arqueológica plausible, válida, legitima, con pretensión de verdad y fundamentalmente factible, en congruencia con la acción arqueológica en su totalidad; una posición valorativa definida por la vida humana.
Apostamos por la constitución explícita de un intelectual orgánico que asumiendo el sitio que tiene en la sociedad, y considerando su lugar en las relaciones sociales de producción, ejerza como tal su práctica académica éticamente dirigida.
Acudiremos en pos de congruencia, a la necesaria convergencia de dos tradiciones de contenido crítico en la ciencia social, la Arqueología Social Latinoamericana y la Filosofía de la Liberación; definiremos el contenido concreto de la idea rectora de transformar lo real; ahora éticamente dirigidos, al desarrollar los momentos precisos de una ética crítica arqueológica con el viso de la constitución de frentes de liberación en la arqueología, nos dirigiremos a la constitución de los elementos esenciales para fundar una ciencia arqueológica que investiga el pasado corresponsablemente con el presente, bajo el principio universal del aseguramiento de la producción, reproducción y desarrollo de la vida humana en comunidad.
La apuesta final es la de constituir la factibilidad teórica de una práctica arqueológica éticamente responsable, una práctica que se transforme en praxis cotidiana de liberación, una praxis que se constituya como acción vigente, dirigida por la tradición del bien, por el bien actuar cotidiano, se logre así una ortopraxia arqueológica.
Comenzaremos por asumir que, absolutamente todas nuestras conductas como sujetos en sociedad, se manifiestan bajo un orden de eticidad, normadas por la seudoconcreción que define disyuntivamente los actos buenos de los malos, es el nivel de la moral vigente; el arqueólogo no escapa a esta dimensión y además, se encuentra obligado a llevar el análisis hasta el nivel del concreto pensado debido a que su actividad es la del intelectual, el nexo es claro, como intelectuales deberíamos haber producido un desarrollo concreto de investigaciones sobre ética de la arqueología; sin embargo, las acciones realizadas para dilucidar una guía ética de la acción del arqueólogo han sido casi nulas; aquí pretendemos precisamente, abordar las implicaciones que conlleva una postura valorativa bajo criterios y principios éticos explícitos.
Nuestra postura más allá de todo maniqueísmo, busca una acción genésica al margen de mesianismos y formalidades bienintencionadas; orientaremos la actividad del arqueólogo por un lado hacia la cotidiana denuncia de la ignominia del pasado, de todo acto fuera de lo éticamente debido, y por el otro hacia el rescate de las eticidades pretéritas con coincidencia en el principio ético-crítico esencial que explicitaremos más adelante; el ambiente afectivo general de este tratado no debe confundirse con el pesimismo o la amargura, más tiene que ver con la obcecada y reticente idea de que los inaceptables actos del sistema hegemónico vigente pueden transformarse si actuamos en conjunto desde diversos puntos de combate, nadie hace una revolución desde la academia y menos desde una parcela de ésta, nadie piensa en eso como factible, sólo el iluso lo cree posible; antes que otra cosa debemos actuar bajo una ética de contenido humano desde nuestro oficio definido, desde la arqueología crítica, de aquí hacia el mundo; las convergencias serán necesarias.
El positivismo de importación fincó sus reales en el joven estado-nacional mexicano convulsionado por la guerra burguesa de principios del siglo XX --que logró colocar a la burguesía industrial sobre la agraria-- enraizando su radical punto de vista sobre el conocimiento científico; en la pretendida ciencia positiva no se descartaba el uso del "corazón" (1) en la generación del conocimiento, pero sí se encontraba supeditado éste a la razón en una relación de sujeción inmutable; de esta manera y en concomitancia causal surgiría una nueva moral, una "moral positiva" en la ocupación científica que otorgaría orden a la supuesta anarquía generada por las ideas ligadas al clero, nuestro filósofo latinoamericano Leopoldo Zea apunta al respecto: "La nueva moral deberá ser establecida sobre bases de carácter positivo, La moral no puede tener como origen simpatías o antipatías, sino que deberá ser el resultado de la rigurosa aplicación del método basado en la evidencia" (Zea, 1968:164).
El efecto tuvo larga duración al colocar esta visión fetichizada de la ciencia que conocemos como cientificismo, a la vanguardia de la producción de "conocimiento científico" en torno a la idea del registro de "lo dado", de lo más aparente, la verdad científica tuvo así como índice a la descripción de todo aquello que se pudiera "probar" a partir de la mencionada "evidencia", la afectividad, los estados de ánimo, los humores del sujeto fueron colocados artificialmente a un lado del camino; se concretó de esta manera el discurso sobre la inmaculada labor del científico al encontrarse al margen de intereses de clase, de grupo, institucionales, interpersonales, etc.
La ciencia, para Comte, es el campo del relativismo teórico, y éste último es el área de dónde están excluidos "los juicios de valor". La sociología positivista "ni admira ni condena los hechos políticos, sino que los considera como simples objetos de observación". Cuando la sociología se convierte en ciencia positiva se hace ajena a toda preocupación con respecto al "valor" de una forma social dada. La búsqueda de la felicidad humana no es un problema científico, como tampoco lo es la cuestión de la mejor satisfacción posible de las necesidades y talentos del hombre (Marcuse, 1970:344)."
Esta postura aparentemente ingenua de lo que es ciencia, escinde la razón del afecto, niega las posturas valorativas abiertas y activas en la investigación, es efecto necesario del contexto social en el que surgió, es en cierta medida un argumento más de todo aquello que buscaba desesperadamente dividir y apartar la tarea del investigador científico con el de su postura ética y política; una ciencia que sólo sirviera en la medida en que se transformara en tecnología que permitiera la producción y reproducción del capital; lo verdadero es lo dado, y lo dado es pues, lo evidente; es decir lo que no se muestra problemático, es cuestión de describirlo solamente.
Las implicaciones políticas de tal postura son vastas y ahora podemos observar la falsa ingenuidad de mantenerse en un sitio como éste cuando se intenta una actividad científica seria; si la evidencia muestra que las víctimas del pasado y del presente existen, están ahí, entonces es por que así funciona la sociedad, ésa es su estructura, se le describe de ésa manera y se prueba con ejemplos de aquí y de allá. La "evidencia" es la idea que se esgrime retóricamente en ventaja quimérica para ontologizar las supuestas explicaciones de manera tautológica, negadas en sí mismas, pero útiles para justificar lo ilegítimo.
Se pretende que lo real arqueológico se comporte como corpus empírico que sirva sólo para "verificar" hipótesis ad hoc; aunque claro, las cosas pueden variar a la "luz" de nueva "evidencia", fuente interminable de justificaciones para "nuevas investigaciones".
Sin retrasamos más en este asunto pero para que quede claro que rechazamos esta posición debido a las peligrosas extensiones políticas y académicas que mantiene, hemos de agregar que no existe tal fenómeno denominado "evidencia", al menos no como se usa en las supuestas explicaciones que pretende la arqueología tradicional, pues resulta un término acabado en sí mismo, tautológico, (2) cuando más podría hablarse de "base empírica", lo real es más complejo que ese reduccionismo llamado "evidencia"; como planteaba Marx, si esencia y apariencia coincidieran no habría posibilidad de ninguna ciencia.
La descripción de la "evidencia", plantea la necesidad del registro de todo lo arqueológico, no hay prioridades ni orientaciones aparentes en el espectro objetual del investigador, toda la información se encuentra "ahí", todo es cuestión de ser minuciosos, de registrar el reflejo del contexto arqueológico; si observamos con detenimiento así es como se constituyen gran cantidad de informes técnicos, mientras más "completos" mejor, la pauta es la dimensión métrica, es la cuantitas en detrimento de la cualitas.
El positivismo influyó en definitiva en la labor de todas las ciencias sociales históricas, se documentó y delimitó la tarea mayor del investigador a describir profusamente porciones de lo real, se supo entonces que el papel más apropiado del científico al pretender conocer hechos históricos era mantenerse al margen de una posición "presentista", evitar jerarquizar los fenómenos y menos las problemáticas, influir en el análisis de la historia desde posturas éticas o políticas actuales era contaminar el pasado o simplemente construirlo en definitiva en el presente sin conexión racional con lo que sucedió.
Podemos afirmar que la ausencia de una orientación explícita sobre la significación jerarquizada del espectro objetual, la colocación de lo real arqueológico como conjunto de efectos históricos no problemáticos para la ciencia, la descripción como objetivo cognitivo fijo, y la escisión entre objeto y sujeto en el proceso del conocimiento, así como la supuesta ausencia de una posición ética y política del sujeto investigador durante el proceso de producción de conocimiento arqueológico; son los ingredientes de la ciencia funcional arqueológica, una ciencia que se mantiene en coincidencia con una postura justificacionista del pasado y del presente por analogía histórica, que define la función y la estructura de los procesos históricos pero no es capaz de establecer prioridades de investigación ni de ejercer juicios de valor sobre ellos.
El proceso de conocimiento no es uno de carácter mecánico, sino que el sujeto es siempre un factor actuante (3) en la investigación respecto a su "objeto" de estudio; entendemos a la realidad como el producto de la razón que actualiza permanentemente a través de la práctica científica a lo real en el conocimiento humano; se pretende tener coincidencia con lo real, esto es, pretensión de verdad; sabemos que no hay mentes vacías que capten la realidad tal cual es, no existe la racionalidad instantánea, siempre existe un "horizonte de expectativas" á lá Popper (1967:73); el conocimiento científico siempre es un proceso de presentación de teorías potencialmente refutables bajo el marco de la teoría de la justificación del Falibilismo Metodológico Sofisticado á lá Lákatos (1989 --1970, la redacción original--); con esto como se advertirá no evadimos de cualquier forma la posibilidad lógica de producir conocimiento "cercano a la realidad", o con menor pretensión, generar argumentos sobre los cuales tengamos mayor capacidad de "creer" en términos lógicos, aceptabilidad histórica podríamos decir; donde además y de manera irrenunciable se ve implícita una posición valorativa que jerarquiza las situaciones problemáticas de interés, que guía la investigación heurísticamente y caracteriza en gran medida a cada posición teórica.
Sobre esto es necesario agregar que para evitar una posición ontológica idealista subjetiva, y para evitar también la reproducción de una visión separatista entre sujeto y el objeto en órdenes epistemológicos que peligrosamente se puedan ontologizar; asumimos que dicha división es útil en términos de abstracción para el análisis del proceso de conocimiento; que todo producto de la investigación está mediado por la "subjetividad" del intelectual, integrada por todas las funciones superiores del cerebro de cada ser singular en su contexto social irreductiblemente irrepetible pero siempre en comunidad académica --tratándose de investigación científica--, con una postura ética implícita de consecuencias políticas reales y que al mismo tiempo todo esto se encuentra integrado en el mundo, esto es, finalmente investigador, proceso de investigación, observación, pensamiento lógico y sentir afectivo nunca dejan de ser "objeto".
Sujeto y objeto pertenecen a la realidad, el sujeto siempre genera conocimiento mediado por su "subjetividad", pero esto no significa que sea imposible alcanzar la racionalidad; no suponemos que vivimos reducidos a mundos sicológicos personales con imposibilidad de consensualidad intersubjetiva, sólo que se trata de la condición humana, conocer desde dentro de lo real y con respecto a ello.
Posición valorativa
Podemos ahora afirmar que todo investigador produce conocimiento subjetivo con cierto grado de pretensión de verdad, de validez intersubjetiva en comunidad académica y social si es posible, éste nunca se encuentra abstraído de su posición en tanto sujeto sensible, con un sistema pulsional y afectivo; colmada se encuentra su conducta por diversidad de procesos de producción de valores que orientan las actitudes que toma en conductas colocadas frente a disyunciones, enfrentado a una necesaria jerarquización en la toma de decisiones para la acción; y para decirlo de una vez, ningún investigador carece de una noción de las normas que le permiten actuar y evaluar cuando se comete un acto bueno o malo, una eticidad concreta, se trata pues de elementos que conforman la "posición valorativa" del individuo, sea consciente de esto o no. (4)
El arqueólogo Manuel Gándara Vázquez recorrió desde principios de la década de los años de 1970 en la práctica de la arqueología que años después calificara como "oficial", la génesis y consolidación tentativa de la idea que implicaba que una posición ético-política se encontraba siempre implícita en todo desarrollo de investigación en la arqueología, y que resultaba sin lugar a dudas más importante de lo que en un principio imaginaba la academia, quizá la situación problemática planteada en sí no resultara del todo innovadora en la ciencia social, pues ya se había hablado desde los 60 del papel de la Antropología en empresas colonialistas y otras ciencias fueron pasadas por el barrido crítico de muchas plumas, sin embargo para el caso de la arqueología si lo era; la sutileza con que el autor aborda el tópico sin caer en relativismos presentistas absolutos, ni relegando la ocupación del científico a una mera "ideología" es de destacarse, sobre todo en una época en que aquel que se dedicara a hurgar en este tipo de asuntos resultaba del todo sospechoso e incluso un enemigo potencial, pues alteraba desde el discurso al status quo del intelectual inmaculado que ostentaba una intachable "objetividad".
El análisis de la génesis de la "arqueología oficial mexicana" llevó a este autor a considerar la existencia de un tono apologético de corte nacionalista posrevolucionario burgués en el discurso intelectual de Manuel Gamio, precursor de la arqueología en México (1992a:35, 152-156), al parecer en muchos argumentos actuales se sigue la misma línea de pensamiento; es este asunto el que nos lleva de la mano para considerar a la arqueología en nuestro país como un proyecto de interés nacional desde su creación institucional informal, por lo que la dimensión política y la ocupación del intelectual en este campo de estudio ha tenido una estrechez siempre polémica, en ocasiones contradictoria, quizá hasta peligrosa, desconcertadamente ambivalente, en ocasiones insolublemente inequitativa entre los juegos de poder insertos, almidonadamente solemne, etc., donde los "tiempos políticos" impactan irresolublemente en alguna medida y sin más, las expectativas más voluntariosas de hacer" ciencia sin conciencia (política)".
La crítica de la arqueología mexicana en Gándara corre a lo largo de tres haces de problemas (5): teóricos, (6) prácticos y políticos, queremos referirnos in extenso al último en este apartado.
Ya antes de considerar a la Arqueología Social como Posición Teórica, se le tenía como un "paradigma" con congruencia política, se sabía que parte importante radicaba en que
... una toma de posición es definitivamente necesaria en la transformación de la realidad, una transformación que es indudablemente prioritaria en Latinoamérica --y el resto de los países económica e ideológicamente sujetos por el imperialismo-- [pero al mismo tiempo se reconoce que] ... esta ventaja potencial de una arqueología materialista-histórica está resultando también su lastre principal, ya que le ha acarreado un considerable número de pseudo-seguidores [sic] que recurren a sus postulados más como careta y artificio cosmético para ocultar su posición real, que por una convicción auténtica (1992a:58).
El objetivo cognitivo de la arqueología social es el de explicar el desarrollo histórico concreto de la sociedad, pero a esto debemos añadir la idea rectora que pretende guiar la acción científica, se explica para transformar lo real. Necesitamos combinar correctamente estos dos niveles de integración de los que participa el arqueólogo como intelectual; explicar al interior de la academia es un nivel, y la acción comunicativa de lo explicado a la sociedad es el otro, el quid está en saber cómo enlazar estos puntos. Con explicar el pasado, se transforma lo real tanto quizá como cuando se describe, si con esto no se trasciende a la praxis de liberación éticamente dirigida; y éste es precisamente el elemento que diferencia a una ciencia crítica de una funcional, el compromiso con la transformación de lo real social.
Debemos a Manuel Gándara --pues es quizá uno de los primeros arqueólogos mexicanos abiertamente conscientes de esto-- llamar la atención sobre el papel de la posición política en la ocupación del científico, (7) argumentando que
El papel político de la ciencia es, sin embargo, clarísimo en cuanto es uno de los elementos más usados en la adaptación de un determinado grupo a su realidad o en la modificación de ésta a través de la explicación y control de los fenómenos observables, Por otro lado, como generadora de justificaciones y valores, la ciencia es indispensable en la consolidación de la ideología dominante, lo que suceda así aunque no nos guste reconocerlo Más adelante señala que: 1) ... así como debe existir congruencia interna en la investigación derivando de la congruencia interna del paradigma, para que los usos políticos a los que se orienta ésta se cumplan, debe haber consistencia entre el paradigma científico y el "paradigma político". [y] 2) que la manera en que se responde a la pregunta "¿Para qué se investigará?" o "para qué investigar" no se deriva sólo del paradigma científico, sino que en última instancia está determinada por el "paradigma político" o ideología a la que el investigador esté inscrito --independientemente-- que él sea consciente o no de esta inscripción (1992a:93).
El "paradigma político" no es una idea que haya permanecido inalterable en cuanto a la forma de articulación al transcurrir la reflexión de nuestro arqueólogo; en contenido permanece inmutable, pero cuando Gándara propone redimensionar y subsumir al mismo tiempo las propuestas de Kugn, Popper y Lákatos en su propuesta teórica sobre el análisis de Posiciones Teóricas admite una visión partitiva interna donde un haz de tres áreas componen cada posición teórica determinada y propone que --recolocando su idea de "paradigma político"-- es precisamente en el Área Valorativa que se debe dar cuenta del "para qué" de la investigación en dos dimensiones: por una lado la justificación ético-política, y por otro la definición del objetivo de conocimiento que se pretende; el Área Ontológica por su parte debe dar cuenta de "qué es" lo que se estudia; y por último en el Área Epistemológico-Metodológica se encuentra el "cómo" se investiga en las dos dimensiones temáticas de esta área, siendo cruciales los criterios de verdad, de demarcación del conocimiento, la lógica de evaluación de las teorías, así como las técnicas y heurísticas utilizadas (1993:9-10).
Se propone a su vez que es en las áreas valorativa y ontológica donde se definen fundamentalmente los procesos de producción diferencial de identidad académica y nos permite considerar la existencia de distintas posiciones teóricas en "competencia" dentro de una ciencia en particular, en este caso, la Arqueología; así contamos ya con la consideración primaria para potenciar la evaluación de algo que existe en la realidad, a saber, posiciones teóricas; pero no sólo eso sino que cada área componente es dable de identificación, esto es, todas las posiciones responden de manera diversa (y suponemos que lo hacen congruentemente con las otras áreas) a la pregunta "para qué" se investiga.
No todas las posiciones teóricas están dispuestas a hacer explícita la respuesta a esta pregunta en términos ético-políticos, o quizá ni siquiera lo adviertan como posible; resulta sintomático la actitud mostrada por parte de posturas reaccionarias, cuando se le pregunta a Binford (8) en una entrevista relativamente reciente sobre la posibilidad del desarrollo de que una teoría de rango medio sirviera de forma análoga tanto para la "prehistoria" como para la "arqueología histórica" donde se vislumbre la posibilidad de explicar al mundo moderno, contesta:
La idea de que la arqueología histórica es la explicación del mundo moderno asegura que la arqueología histórica nunca será una ciencia. La Ciencia está dedicada a decir "Voy a explicar la variabilidad de mi objeto de estudio". Esa variabilidad es lo que yo busco en el mundo empírico ... Mis sentimientos siempre han sido que la arqueología sea una ciencia del registro arqueológico, y que los problemas surgen del estudio comparativo del registro arqueológico, y en el reconocimiento de los patrones que se descubren ... Nosotros no deberíamos andar por ahí diciendo "sólo estudio el registro arqueológico porque yo podría ser capaz de utilizar alguna información para fines distintos --no estoy interesado en el registro arqueológico como tal". Eso asegura que no vamos a ser una ciencia-- vamos a convertimos en los destructores del registro arqueológico (Thurman, 1998:46-47).
Para la Arqueología Social Latinoamericana responder al "para qué" se investiga resulta en todo caso, para "transformar la realidad y no sólo ... conocerla o entenderla", idea trasladada desde el análisis que hiciera Marx sobre Feuerbach (Bate y Gándara, 1991:16; citado en Gándara, 1993:12). Observamos pues que se parte de una eticidad concreta del pensamiento que nos aqueja como miembros de una posición teórica, una herencia de pensamiento desde los trabajos y críticas de Marx a la formación social capitalista que actualmente en su versión globalizada y posmoderna genera
... fenómenos de asimetría y explotación que no sólo producen calidades de vida diferentes a miembros de segmentos de clases distintas sino que, en el proceso atentan contra el propio ámbito natural de la actividad humana, como consecuencia de la lógica de explotación del capitalismo (Bate y Gándara, 1991:16; citado en Gándara, 1993:12).
Se ha llegado a afirmar que se parte de una postura política que intenta congruencia con la "ocupación profesional", se tiene la conciencia de que la formación actual del capitalismo crea seres humanos excluidos, explotados e incluso negados en su corporalidad, la reflexión se ha logrado desde una ética crítica propuesta por el materialismo histórico. Nosotros proponemos aquí que si queremos ser arqueólogos sociales consecuentes con nuestros supuestos valorativos no debemos correr d riesgo de colocarlos sólo en ideas rectoras generales que cuando se llegue el momento de la "revolución" ostentaremos como la bandera que "siempre tuvimos", sino de constituir el contenido específico de esta idea rectora desde la investigación arqueológica.
Se debe empezar desde otra plataforma de pensamiento, debemos asumir una ética congruente con una gnoseología y una ontología materialistas, un objetivo cognitivo con pretensión de verdad a partir de la explicación, y una concomitante actividad de comunicación intersubjetiva en la comunidad académica que busque el consenso con pretensión de alcanzar validez, una teoría de la justificación y un criterio de demarcación del conocimiento científico falibilista metodológico sofisticado en constante crecimiento, así como una epistemología y un sustrato heurística dialécticos.
Así entonces, debemos consolidar una ética que tenga pretensión de verdad ética material, de validez moral intersubjetiva y sobre todo que se vislumbre en la cotidianidad la posibilidad de la operatividad de realizar el "acto bueno"; sólo la acción, la conducta puede ser evaluada como "buena" o "mala", o más exacto, con pretensión de bondad o maldad, es la práctica arqueológica la que puede ser éticamente correcta; se debe precisar la factibilidad de una práctica arqueológica ético-crítica, no debemos partir de nuestra postura política para criticar "éticamente" lo que debería ser, no transformaremos el presente desde la militancia política explícita solamente (cuestión que está más allá de la academia) sino fundamentalmente desde el medio de estudio particular de la arqueología, donde explicar qué es lo ético es base ontológica del método histórico, e inclusive de la praxis política, no podemos permitimos seguir evadiendo la responsabilidad de "transformar la realidad" tras retórica hueca, o buenas intenciones que naufragan en la burocracia abultada de demagogia.
Consideraremos que el área valorativa no es una sección de una posición teórica, no se trata sólo de una porción, verlo así sólo nos permite analizar en términos esquemáticos, elaborar una radiografía de la posición en particular; pretenderemos aquí que se trata pues de una dimensión más amplia, es una Posición en sí, permea todas las otras dimensiones de la postura teórica general, se ve implicada ontológica, epistemológica y hasta metodológicamente; es sólo hasta que podamos verla de esta manera, como Posición Valorativa cuando comprendemos la importancia de la misma.
Si hemos coincidido en la Arqueología Social en utilizar el término Posición Teórica en lugar de Paradigma à lá Kuhn, o Programa de Investigación Científica à lá Lákatos, es precisamente porque consideramos importante resaltar el "componente valorativo" que junto con la ontología asumida caracterizan a cada Posición Teórica (Gándara dixit, cfr.,1993:8), resulta nuestro propósito desarrollar y explicitar en esta sección del tratado tal posición para evaluar las consecuencias prácticas a las que puede avanzar la investigación con una postura valorativa éticamente dirigida, corresponsable con el otro, (9) e integrada concretamente al proceso de investigación en arqueología.
Pensamos también que sólo con la constitución de una posición valorativa desde una ética congruente y consecuente con la posición teórica de la arqueología social es que podremos resolver adecuadamente en términos de compatibilidad lógica interna de la posición teórica en general, asegurando la ausencia de contradicción antagónica al mostrar que ontológicamente partimos de una ética material, que no esperamos la "praxis imposible" con posturas idealistas de las revoluciones que nunca llegan; sabemos que la voluntad unitaria, solipsista, autocomplaciente (algo así como un Súper Arqueólogo amparado en Nietzche) no puede cambiar por sí solo las posibilidades de lo no-factible, sabemos que quien no observa estratégica e instrumentalmente los niveles de factibilidad está intentando necesariamente ¡lo imposible!
La pretensión argumentativa es la de reclamar para la práctica arqueológica y para sus ejecutantes esta porción de necesaria reflexión, la condición irreductible de ser parte de una clase social secundaria definida, la de los intelectuales, el pertenecer a un grupo definido de interés, el de quienes detentan la capacidad académica de controlar la producción de información del pasado aproximada y en grado de aceptabilidad desde un medio de estudio único --el contexto arqueológico--, y desde esta medida repensar para qué hacemos lo que hacemos, y no lo que decimos hacer; nos mueve el reflexionar la inequívoca inserción con efectos definidos de nuestra labor en la sociedad concreta de la que participamos, y desde todo este contexto proponemos delimitar los frentes generales de pertinencia de una ética que modele la moral en la actuación, la acción, la práctica, la praxis del arqueólogo en responsabilidad dirigida no desde códigos, sino desde directrices de un nivel heurístico general, con lo cual no pretendemos eliminar la posibilidad e incluso la necesidad de que existan reglamentos internos de carácter codificado sobre prácticas cotidianas arqueológicas, que establezcan límites, derechos y obligaciones, pero no es nuestro tema actual crear algo así, tarea sólo postergada por conceder espacio a la crítica y réplica a lo planteado hasta el momento; sólo...
lunes, 1 de diciembre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario